Sam Mendes ha firmado con esta obra la que posiblemente sea su mejor película hasta la fecha, y es que efectivamente Revolutionary Road es una de esas cintas que dejan huella profunda en cualquier buen aficionado al séptimo vicio. Nuestro admirado director británico es un hombre de teatro que sabe de la enorme trascendencia de la palabra hablada, del diálogo como catalizador emocional al servicio del adecuado desarrollo dramático de los personajes, pero adaptando siempre el exquisito tratamiento lingüístico a las necesarias exigencias visuales que un medio como el cine demanda, generando entonces un lenguaje cinematográfico propio, personal, estilísticamente depurado y con un contenido que para sí quisieran muchos de los abanderados del nuevo cine independiente.
Esta película, basada en la gran novela homónima del ahora laureado y durante mucho tiempo olvidado (cosas y casos de las malditas modas) escritor norteamericano Richard Yates, nos habla fundamentalmente del vacío existencial tratado a tumba abierta, sin concesiones o cortapisas, en estado sangrante y sin ofrecer asideros fáciles o trillados que permitan al espectador lograr una salida convencional a la tragedia que, absorto y con el corazón encogido, está experimentando con la respiración contenida, como uno de esos visitantes que se sienten fuertemente golpeados frente al desamparo intuido en las figuras desoladas que habitan algunos cuadros de Edward Hopper. Kate Winslet firma su mejor trabajo hasta la fecha dando vida a la azorada y sensible April, una mujer atrapada en toda una red asfixiante de convencionalismos sociales que terminarán por encarcelar sus sueños sin permitirle siquiera una ligera posibilidad de escape. Y es que la tragedia de estas dos personas sensibles, inteligentes, considerados ambos especiales por una comunidad social y cultural que continuará aceptándolos mientras continúen acomodándose a sus preceptivos valores dominantes de legado, trabajo, familia, sacrificio y éxito, ejemplifica a las mil maravillas la soledad profunda de esos seres que no encajan en los moldes proporcionados por el sistema socioeconómico de refuerzos y castigos, y que en un determinado momento de sus vidas se atreven a cuestionar el orden establecido con decisiones al margen de la supuesta racionalidad imperante. ¿Hemos de arriesgarnos y luchar por nuestros verdaderos sueños, sea cual sea la edad que tengamos o los medios de que dispongamos, o por el contrario esa misma pretensión no es más que otro de esos sueños pocos realistas que es mejor abandonar en pro de una existencia digna, honrada, admirable, prefijada y… profundamente insustancial? Pasen, vean esta obra maestra y opinen.