Hay películas de Disney que se sienten como un punto de inflexión, y Enredados es una de ellas. Da la sensación de estar ante uno de los últimos grandes clásicos antes de que el estudio se lanzara de lleno a la animación digital más estandarizada. Aquí todavía se percibe el esfuerzo por conservar algo del espíritu artesanal, aunque ya envuelto en nuevas técnicas y un ritmo claramente más moderno.
La historia no reinventa el cuento de hadas, ni falta que hace. Funciona porque sabe mezclar tradición y ligereza sin complejos. Todo fluye con naturalidad: la aventura, el humor, el romance y ese tono juguetón que evita caer en la solemnidad. No es una película que busque épica ni trascendencia, sino disfrute puro, contado con oficio y bastante encanto.
Uno de sus grandes aciertos está en los personajes. Rapunzel resulta cercana, curiosa y con una energía contagiosa, y el contraste con su acompañante aporta gran parte del humor y del ritmo de la película. Pero si hay alguien que se acaba quedando en la memoria es la villana. Su canción es de esas que se te clavan sin pedir permiso, no solo por lo pegadiza, sino por cómo define al personaje con una mezcla inquietante de dulzura y manipulación.
Visualmente, Enredados luce muy bien. El trabajo con la luz, los colores y, sobre todo, con el cabello de la protagonista demuestra un cuidado técnico que todavía busca asombrar sin caer en el exceso. Hay escenas que respiran magia clásica, de esas que recuerdan por qué Disney fue durante décadas sinónimo de asombro.
Puede que no sea una obra perfecta ni la más profunda del estudio, pero sí una película honesta, luminosa y muy fácil de querer. Un cuento contado con cariño, humor y canciones que se quedan contigo. Vista hoy, tiene algo de despedida: la sensación de estar ante uno de los últimos suspiros de un Disney que aún miraba mucho a su pasado para seguir avanzando.