Con una ambientación idónea, el segundo largo de David Victori, protagonizado por Mario Casas, es tenso, asfixiante, te envuelve en la espiral y te atrapa en esa especie de "¡Jo, qué noche!" en versión thriller en la que todo se va complicando pero en ningún momento desentona en el sentido de volverse inverosímil en exceso y en el que el protagonista, lejos de ser un héroe es casi su antítesis y se ve envuelto en situaciones que le sobrepasan por mucho. A pesar de su Goya y demás, sigo encontrando a Mario Casas bastante limitado y, aunque es cierto que está mejor que en otros papeles, no acabo de encontrar razón como para el galardón, aún reconociendo que cada vez va progresando y no se le pueden negar los esfuerzos incluso en la elección de los papeles a interpretar.