Las expectativas que se generaron alrededor de éste artista tan personal se han trucado al entrar en contexto: han habido injerencias por parte de la gran productora sobre el metraje final.
El film, pese a estar modificado desde el principio, podría definirse desde una cosmovisión personal como el único largometraje hasta ahora, enorme en aspectos técnicos, y complejo, en forma y fondo.
Complejo: pues el estudio que financió ésta obra transformó en post producción la decisión personal del director, y es evidente que las transiciones de realidad y magia se ven afectadas, pues lo onírico y la fantasía parecen querer decir qué son, cuando aquello que es más que realidad no dice nada, si no que genera duda, estremecimiento y una perturbación general y súper-personal.
El cineasta desde sus inicios ha abarcado una cantidad irracional de objetividad hacia lo racional: ahondar en ése aspecto realista de las cosas, de las cosas que llegan a ser metalitearias: separar y saber, aunque inverosímil, que todo lo que hay en la vida es real, pero cargado de una magia tan oscura y onírica, siempre en el éter, pero nunca palpable, o palpable si cedemos a la lo locura (The Lighthouse) o vendemos nuestra al alma a belcebú (The Witch).
De ésta forma el film nos lleva por el mismo camino, a replantear que el destino, más que un juego y decisión ex profeso, es una cualidad del más allá que termina en el mismo aspecto si fuéramos libres: en la misma muerte.
El aspecto realista y siempre presente en todas las obras del director se ve marcado aquí, pero de forma latente: las imágenes, siempre bien pensadas, llegan a tocar un punto estremecedor: se ve oscuro con justa razón: las pocas grafías y luz que nos muestran son lo único que podamos recordar, lo demás forma parte del propio espectador; y que ésa visceralidad de tocar la forma (fotografía) sea recordando los inicios del cine, imágenes en movimiento que no están en movimiento y que se mueven porque lo retenemos, no porque en verdad se quedan –un axioma menester.
Ahora, si en “The Lighthouse” la locura y lo onírico toman toda línea central de la cinematografía y lo literal, aquí, donde vemos realidad es realidad porque un aspecto fuera de foco lo dice; las imágenes en el film nos muestran que hay un más allá, un locura que impera, pero que se ve trastocada, pues la naturalidad, la forma expresionista y romanticista de contar historias se truca y nos permite un lienzo de cuánta cala realista, aunque por instantes y fuertes instantes, nos deja ver eso tan especial que define el Cine del director, que los mundos, los akelarres, los ritos y el espíritu humano son reales; pese a la carga realista, todo lo que hay en el presente proviene de la cualidad más insana: las brujas nos han de recordar que el doctor Freud tenía razón (y lo voy a cambiar): que nuestras acciones están definidas por lo familiar y no por lo que en verdad somos.
El film demuestra que el destino es una elección del corazón, aunque estamos definidos por la ilustración y el romanticismo, el deseo perenne de saciar la carne humana puede más que cualquier detenimiento. Si bien el personaje principal estaba relegado a la soledad y lo animal, cuando decide emprender su viaje de venganza logra hacer vínculos, romper lentamente con ése sentimiento venenoso que lo atormenta y que lo lleva a replantear algo nuevo: o amas lo que se te ha dado, o te mueres con tu propio deseo.
El mismo vestuario de la película nos cuenta bien el fondo: cuando el protagonista es un niño se viste con inocencia; cuando llega a la adultez se hunde en la masculinidad y el animal que lleva dentro, dejando cegarse por la sangre y la muerte; al tomar su destino se viste y se comporta como esclavo, si toma el destino se cohibe a ser libre, demostrando que la línea que separa la decisión propia es la esclavitud de muerte, pero, cuando encuentra a Olga (después de escapar de su asesino) se abre paso con nueva vestimenta haciendo alusión a que el amor y el verdero propósito en medio de la odisea al inferno es el amor, y el amor, por más romanticista que suene, lo puede todo.
Viendo el film se puede notar cierta alusión del lenguaje teatral, recordándome a films como “The tradegy of Macbeth”, en donde el lenguaje utilizado proviene completa y explícitamente de las palabras de Shakespeare; también, en el transcurso de la película vemos la mención indirecta de “Edipo Rey”: la madre del protagonista besa a su hijo y le dice que si los mata a todos ella será su reina, un claro ejemplo, de que “The Northman” puede traducirse en destino y destino en Shakespeare; un poco de intertextualidad: los nuevos bagajes del cine actual, digamos: Joyce.
Lo que deja ver el film es una historia entretenida, nunca decepciona el director, pero sus luchas contra el estudio lo han llevado a sentir en carne y hueso lo que significa vender el alma, ya lo hizo con la pobre niña en “La Bruja” y lo vemos aquí, en la misma realidad.
Si bien, me esperaba encontrar con una obra más onírica, su combinación de BRUJA y FARO brillan bien, pero no lo suficiente para mantenerme tan exaltado como sus obras anteriores por separado.
El estudio relegó una visión personal, pero no la trucó por completo, el cineasta sigue moviendo su visión personal desde lo estético (recreando imágenes artísticas y en contra de la simplicidad de las grandes producciones) y manteniendo al tanto un fondo que cuenta peripecias que significan más que el propio final.
Por último, aunque prevaleció ciertos aspectos personales, es evidente que las visiones personales deben quedar de donde vienen: el satisfacer un deseo propio que jamás será comprendido por un mundo realista que nos lleva al suicidio o simplemente a la desilusión de una verdad más compleja: satisfacer un destino en verdad destino: contar historias que estremezcan.